
En el aniversario número 32 del último terremoto grande en México, vuelve a suceder tragedia. A la 13:14 de la tarde todo empezó, la alerta sísmica interrumpió la rutina del centro del país y segundos después, un terremoto de magnitud 7.1 con epicentro en Puebla sacudió con fuerza Ciudad de México y estados vecinos. Desde las calles de la capital en Santa Fe, presencié evacuaciones masivas, edificios dañados y una respuesta inmediata que convirtió el miedo en organización.
El trayecto empieza en el colegio Pinecrest International School cuando estaba en un día de trabajo ordinario, pero todo cambió con un simple ruido. El sonido de la alerta sísmica siempre genera una pausa incómoda y cierto nivel de pánico, pero cuando sonó esta vez fue diferente. En México la última vez que un desastre natural de magnitud pegó fue en 1985, un acontecimiento que dejó a miles muertos y millones sin hogar. No pasaron ni diez segundos cuando el suelo empezó a vibrar con una intensidad que no dejaban duda. Las ventanas temblaban listas para romperse, los postes de luz se balanceaban de forma visible y el ruido de los objetos chocando dentro de los edificios se mezclaba con gritos y órdenes improvisadas.
Lo que más impactaba no era solo el movimiento, sino la duración: el temblor se sentía prolongado, insistente, como si no quisiera detenerse. Cuando finalmente paré salí del colegio, Al salir del edificio me encontraba en una avenida altamente habitada. La gente salió rápidamente de oficinas, restaurantes y comercios. Algunos corrían, otros intentaban mantener la calma mientras buscaban espacios abiertos y el tráfico de coche era invencible.
De inmediato las sirenas se escuchaban cada vez más cerca y más fuertes. En cuestión de minutos, patrullas, ambulancias y vehículos de Protección Civil se desplazaban hacia distintos puntos donde ya se reportaban daños.
El Servicio Sismológico Nacional confirmó poco después que se trató de un sismo de magnitud 7.1, con epicentro en el estado de Puebla. La profundidad y la cercanía con el centro del país explican la fuerte percepción en Ciudad de México, Morelos y el Estado de México.
Mientras iba en coche atorado por la altamente habitada zona de Santa Fe, pude observar de todo. Edificios con daños sustanciales, grietas, escombros y gente trabajando desde ya para evitar que todos los atorados en las construcciones colapsadas puedan mantener su vida.
Se pueden ver paramédicos llegar a la escena contribuyendo con su expertise médico. Miembros de familia sin poder comunicarse sin respuesta, las líneas telefónicas no funcionaban o estaban sobresaturadas, en este momento ves una pausa total en la vida cotidiana y solo observas que el ser humano es lo único que importa para todos.
Aunque desde 1985 se han tomado medidas de prevención, este suceso impacta a todo joven pero incluso más al adulto que ha tenido que presenciar 2 veces en su vida un fenómeno natural que te hace sentir tan inútil como nunca te has sentido, ante esta situación lo único que puedes hacer es reconstruir y reencontrarte con tus seres queridos con una apreciación más grande de lo que implica vivir.
Aunque México es un país acostumbrado a la actividad sísmica por su ubicación tectónica, vivir un terremoto nunca es rutinario. Las estadísticas pierden sentido cuando el suelo se mueve bajo los pies.
Mientras escribo este texto, las labores de evaluación continúan. Las autoridades han pedido evitar difundir información no confirmada y mantenerse atentos a canales de noticias oficiales. La prioridad inmediata es localizar posibles personas atrapadas, asegurar estructuras y restablecer servicios básicos.
Hoy, la rutina quedó suspendida en cuestión de segundos. Lo que parecía un día común terminó convirtiéndose en una jornada marcada por el sonido de sirenas, polvo en el aire y una ciudad que, pese al miedo, respondió organizándose.
Desde la calle, la sensación es clara: el impacto ha sido fuerte. Ahora comienza la etapa más delicada, la de rescatar, evaluar y reconstruir.