
Periodistas, traductores y creadores de contenido coinciden en algo: la inteligencia artificial ya forma parte de su día a día. Pero mientras unos la ven como una herramienta que potencia su trabajo, otros reconocen que les ha quitado clientes, tarifas y oportunidades. Tres generaciones y tres profesiones distintas explican cómo conviven con una tecnología que avanza más rápido de lo que el sector puede asimilar.
Hace apenas unos años, hablar de inteligencia artificial en el trabajo sonaba a ciencia ficción. Hoy es una conversación obligada en casi cualquier profesión. Desde las redacciones hasta las agencias de traducción, pasando por las redes sociales, la IA se ha colado en las rutinas laborales de personas con perfiles muy distintos. Y, según a quién se le pregunte, la respuesta cambia: para algunos es una aliada que ahorra tiempo y abre caminos; para otros, una competencia que ya les ha pasado factura.
Esa es precisamente la contradicción que atraviesa esta tecnología: ayuda y amenaza al mismo tiempo, dependiendo de quién la utilice y de qué tipo de trabajo desempeñe. Para entenderlo mejor, hemos hablado con tres profesionales que representan tres generaciones y tres formas muy distintas de vivir esta transformación: un veterano de la radio con más de tres décadas de carrera, una directora de agencia de traducción que lleva el oficio en la sangre desde los años noventa, y una joven creadora de contenido que ha crecido prácticamente al mismo tiempo que las propias herramientas de IA.
La inteligencia artificial ha entrado de lleno en profesiones muy distintas, con efectos muy desiguales.

El periodismo: una herramienta, no un sustituto
Rafael Revert, creador y director de Los 40 Principales durante 26 años y de Cadena 100 durante cinco más, lleva toda una vida dedicada a la comunicación y a la música. Para él, la IA es bienvenida siempre que se use con criterio: «Todo lo que ayude es bienvenido», resume, aunque matiza rápidamente que no todo lo que genera esta tecnología es fiable y que el periodista debe aprender a distinguir la información buena de la falsa.

Rafael Revert, creador y director de Los 40 Principales y de Cadena 100.
Revert considera que la inteligencia artificial puede ser especialmente útil para quienes empiezan en el oficio, ya que les facilita la búsqueda de información, les enseña caminos y les muestra historias que antes costaba mucho más encontrar. Sin embargo, advierte de que el verdadero peligro no está en la herramienta en sí, sino en su mal uso: noticias falsas, datos inventados o informaciones que distorsionan la realidad y que pueden colarse fácilmente si el periodista no sabe filtrar lo que recibe.
Para él, la tarea en la que la IA destaca de verdad es la de buscar y encontrar información a una velocidad que ningún ser humano puede igualar. Ahí, asegura, la máquina es claramente superior. Pero hay algo que considera que esta tecnología nunca podrá replicar: el alma con la que un periodista escribe cuando pone sentimiento real en su trabajo. Por eso defiende que el periodista que de verdad investiga, que sale a la calle, que busca, que encuentra y que se esfuerza por construir una noticia con rigor, seguirá siendo insustituible. El riesgo, según explica, lo corren más bien los profesionales que se acomoden y se limiten a repetir lo que la máquina les ofrece sin contrastarlo ni rematarlo con su propio criterio.
Donde sí se muestra más preocupado es en el plano económico y laboral. Revert cree que la IA acabará dejando a mucha gente sin trabajo, no solo en el periodismo, sino en todos los sectores, porque permite a las empresas producir más rápido y más barato, y eso —avisa— terminará reduciendo el número de puestos disponibles para quienes buscan empleo. Aun con esa preocupación, mantiene una conclusión optimista: la inteligencia artificial debe entenderse como una ayuda dentro del proceso de trabajo, nunca como la que dicta el resultado final. Buscar, comprobar y rematar con criterio propio sigue siendo, para él, la diferencia entre un buen periodista y uno que simplemente delega su trabajo en una máquina.
La traducción: el oficio que más ha sentido el golpe

Si en el periodismo la IA se percibe sobre todo como una herramienta de apoyo, en el mundo de la traducción la sensación es bien distinta. Carmen Fuentes Sánchez, directora de una agencia de traducción e interpretación con más de tres décadas de experiencia —sus inicios profesionales se remontan a 1991, cuando todavía se trabajaba con los primeros ordenadores personales y los diccionarios técnicos en papel—, reconoce que esta tecnología le fascina, pero también admite que ha transformado su negocio de forma drástica.
Carmen Fuentes Sánchez, directora de la Agencia de Traducción e Interpretación Agentral.

Fuentes recuerda que antes de la llegada de la inteligencia artificial, su empresa facturaba mucho más y trabajaba grandes volúmenes de palabras al mes, algo que hoy ya no existe. La traductora reconoce que la facturación ha caído de forma notable y que tanto las tarifas como el volumen de trabajo ya no son los mismos que hace unos años. «Los años buenos se han terminado», resume con una mezcla de nostalgia y resignación.
La directora de la agencia explica que muchos clientes ya llegan directamente con textos traducidos previamente por una IA y solo piden una revisión final, un servicio que su agencia ni siquiera ofrece, ya que se dedican exclusivamente a traducir desde cero. Esto, según detalla, ha reducido considerablemente la demanda de traductores profesionales tradicionales. Sin embargo, matiza que en trabajos de alto valor —contratos importantes, manuales técnicos para maquinaria pesada o documentos jurados— las empresas siguen prefiriendo que intervenga una persona, aunque esa misma persona también se apoye en herramientas de IA para agilizar el proceso de traducción.
De hecho, su agencia utiliza un programa llamado TRADOS, una herramienta que funciona de forma similar a una inteligencia artificial: va guardando en una memoria todas las traducciones realizadas junto a sus textos originales, lo que permite trabajar mucho más rápido en futuros encargos. Fuentes calcula que, dependiendo del tipo de texto, todavía queda mal traducido en torno a un 20% del contenido generado por máquinas, lo que sigue dejando hueco a la revisión humana en los proyectos más delicados.
Sobre la interpretación, considera que está algo más protegida que la traducción escrita, ya que en negociaciones importantes las empresas prefieren contar con una persona de confianza que pueda cerrar un acuerdo cara a cara. Aun así, no esconde su pesimismo sobre el futuro del oficio en su conjunto: reconoce que la tecnología ya ha eliminado muchísimos puestos de trabajo en el sector y admite abiertamente que, si tuviera que aconsejar a alguien sobre su futuro profesional, no recomendaría dedicarse a la traducción.
Pese a todo, su mirada hacia el futuro no es completamente negativa. Cree que la inteligencia artificial, bien utilizada, es una maravilla que permite aprender muchísimo, y se muestra convencida de que los puestos de trabajo no desaparecerán por completo, sino que se transformarán: imagina jornadas laborales más cortas o repartidas de otra manera, precisamente porque parte del trabajo ya lo realiza la máquina.
Las redes sociales: convivir con la IA sin perder autenticidad

La mirada cambia por completo cuando se habla con Alejandra Sánchez, creadora de contenido de 18 años que compagina sus estudios universitarios con el trabajo en redes sociales desde hace dos años. Lo que empezó como un pasatiempo se ha convertido en un trabajo cada vez más serio a medida que distintas marcas han comenzado a confiar en ella para llegar a su público.

Alejandra Sánchez, creadora de contenido en redes sociales.
Para ella, la IA es ante todo una herramienta que le ahorra tiempo. La utiliza para editar vídeos con rapidez, generar ideas de contenido cuando no sabe muy bien qué publicar, y analizar datos y tendencias de las redes sociales para intentar llegar mejor a su público y seguir creciendo. Esa ayuda resulta especialmente valiosa en época de exámenes, cuando apenas tiene tiempo libre para dedicarse a subir vídeos todos los días.
Alejandra cree que esta tecnología puede beneficiar bastante a los creadores de contenido, sobre todo porque ahorra tiempo en muchas tareas repetitivas. Sin embargo, advierte de que también ha multiplicado la cantidad de contenido poco auténtico que circula en las redes, generado íntegramente por IA y que, en su opinión, resulta fácilmente identificable y poco interesante para el público. Para ella, la diferencia está siempre en el uso: bien empleada, la IA ahorra tiempo y mejora el trabajo; mal empleada, puede acabar perjudicando a toda la profesión.
A diferencia de Revert y Carmen ,Alejandra no teme que la IA llegue a sustituir por completo su trabajo. Considera que hay algo que ninguna tecnología podrá replicar nunca: la cercanía con la audiencia, la personalidad propia y los sentimientos reales que conectan a un creador con sus seguidores. Por eso confía en que el público seguirá prefiriendo a personas reales, aunque reconoce que cada vez habrá más espacio también para el contenido generado por inteligencia artificial, conviviendo ambos formatos en el futuro.
Curiosamente, cuando se le pregunta por la sustitución de empleos en otros sectores, Alejandra adopta una perspectiva distinta. Pone como ejemplo el caso de Amazon, donde según ha visto en las noticias muchos trabajadores han sido reemplazados por robots, y admite entender la decisión desde el punto de vista empresarial: si ella misma tuviera una empresa, también querría maximizar la producción, y los robots producen más y mejor. Aun así, insiste en que su propio trabajo como creadora de contenido es distinto, porque depende de algo que conecta directamente con las personas, algo que la inteligencia artificial, de momento, no puede sustituir en ningún aspecto.
¿Ayuda o amenaza? Tres visiones, un mismo dilema
Las tres voces dibujan un mismo fenómeno visto desde ángulos completamente distintos. Para Revert, la IA es una herramienta que debe usarse con responsabilidad porque, bien aprovechada, beneficia tanto a periodistas veteranos como a quienes empiezan, aunque reconoce que terminará destruyendo empleo en muchos sectores. Para Fuentes, en cambio, ha sido sobre todo una fuente de pérdida económica que ha reducido drásticamente el volumen de trabajo disponible en su sector, hasta el punto de no recomendar la profesión a las nuevas generaciones. Y para Alejandra representa una aliada cotidiana que le permite ser más eficiente sin renunciar a lo que, según ella, hace único a un creador de contenido: la conexión humana con su audiencia.
Tres profesiones, tres formas distintas de convivir con la inteligencia artificial.
Lo que parece confirmarse, profesión tras profesión, es que la IA no afecta a todos por igual. Donde el trabajo depende sobre todo de la rapidez, el volumen y la repetición de tareas técnicas —como ocurre en gran parte de la traducción—, el impacto ya se siente con fuerza y se traduce directamente en menos encargos, tarifas más bajas y agencias que han tenido que reinventarse o desaparecer. Donde el trabajo depende de la creatividad, el criterio editorial o la conexión emocional con el público —como en el periodismo de investigación o en la creación de contenido en redes sociales—, la tecnología se percibe más como un apoyo que acelera procesos que como una amenaza directa a la continuidad de la profesión.
También resulta interesante observar cómo cambia la percepción según la generación y la experiencia profesional. Tanto Revert como Carmen, con largas trayectorias a sus espaldas, han vivido en primera persona la transición de un modelo de trabajo completamente analógico a uno dominado por la tecnología, y eso les hace ser más conscientes de lo que se pierde en el camino: tiempo, empleos, formas de trabajar que ya no volverán. Alejandra , en cambio, ha crecido prácticamente al mismo tiempo que estas herramientas, por lo que las incorpora con mayor naturalidad y sin la misma carga de pérdida, aunque eso no significa que esté exenta de preocupación por lo que está ocurriendo en otros sectores.
Los tres coinciden, sin embargo, en un punto fundamental: la inteligencia artificial no es buena ni mala por sí misma, sino que su impacto depende del uso que se le dé. Usada como apoyo para acelerar tareas repetitivas, liberar tiempo o facilitar el acceso a la información, puede convertirse en una aliada valiosa. Usada como sustituto completo del criterio, la creatividad o el trabajo humano, corre el riesgo de empobrecer tanto la calidad del resultado final como las condiciones laborales de quienes se dedican a estas profesiones.
La conclusión que comparten, en el fondo, es la misma: la inteligencia artificial ha venido para quedarse, y el verdadero reto no es competir contra ella, sino aprender a convivir con sus ventajas sin perder de vista aquello que, de momento, sigue siendo exclusivamente humano. El alma de un periodista, la precisión de un buen traductor ante un contrato delicado o la cercanía de un creador con su comunidad son, según los tres entrevistados, los últimos refugios frente a una tecnología que avanza sin pausa. La pregunta que queda abierta no es ya si la IA va a transformar el mercado laboral —eso, admiten los tres, ya está ocurriendo—, sino quién sabrá adaptarse a tiempo y quién se quedará, sin quererlo, fuera de juego.
Video reportaje https://youtu.be/y1UrlVcQNt8
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