El final de ETA no ha cerrado el debate: hoy, su historia sigue en el centro de la política y de una sociedad que aún reclama verdad, memoria y justicia
En febrero de este mismo año saltó una noticia que ha reabierto el debate sobre ETA. El Gobierno Vasco a propuesta de la Junta de Tratamiento de la prisión de Martutene, concede un régimen de semilibertad al exjefe de ETA, Garikoitz Aspiazu Rubina, conocido como Txeroki, tras estar condenado a 377 años de prisión. Este hecho ha provocado numerosas reacciones políticas. Una de ellas ha sido la de Alberto Núñez Feijóo. El líder de los populares, a través de la red social X, sostiene que: «Bildu ordenó, el PSOE ejecutó y el PNV acató». Por su parte, el PNV ha mantenido que, si se ha otorgado este beneficio penitenciario, es porque la medida se encuentra amparada por la legislación actual. Este hecho provoca que la sociedad española se posicione y se reabra el debate sobre si ETA sigue viva en nuestro país o no.
ETA, Euskadi Ta Askatasuna, fue una organización terrorista fundada por jóvenes nacionalistas vascos en julio de 1959, durante la dictadura de Francisco Franco, cuyo objetivo era lograr la independencia del País Vasco y crear un Estado propio, unificando los territorios vascos de España y Francia, y que con el tiempo incorporó una orientación ideológica socialista y revolucionaria, recurriendo a la violencia para intentar alcanzar estos fines. Su primer asesinato fue el 7 de junio de 1967, el de José Antonio Pardines Arcay, un guardia civil en la provincia de Guipúzkoa. Por otro lado, su último atentado mortal fue el 16 de marzo de 2010, el de Jean‑Serge Nérin, un gendarme francés que murió durante un tiroteo.
En total, ETA ha causado más de 850 víctimas mortales a lo largo de su historia. La organización anunció el cese definitivo de la violencia en 2011 y se disolvió oficialmente el 3 de mayo de 2018.
Las voces de la experiencia: el análisis de quienes combatieron el terror
Para profundizar en este hecho, este medio de comunicación cuenta con el testimonio de Jaime Mayor Oreja, una de las figuras que más han marcado esa lucha contra el terrorismo y actual fundador de NEOS. Mayor Oreja ha sido ministro del Interior en la época de Aznar participando en operaciones contra la banda terrorista tan importantes como la liberación de José Ortega Lara. Un hecho que según cuenta él mismo, provoca la reacción inmediata de la banda: “Nosotros liberamos, 500 días después de su secuestro a Ortega Lara, al chantajista cuando no le salen las cosas. tienen una primera reacción de crueldad y de maldad y por eso matan a Miguel Ángel Blanco”.
Esta experiencia en la primera línea lleva al exministro a sostener que “ETA fundamentalmente no es una organización terrorista, es un proyecto político, social y cultural que nació en la confusión de aquellos años”. Para Mayor Oreja la banda no ha sido derrotada, simplemente ha mutado en un proyecto político conocido con el nombre de EH Bildu. Tal es así que sostiene: “Bildu no existe. Bildu es una sigla, el único proyecto es ETA. Hoy no son herederos de ETA, son ETA”.
Tras la reciente noticia de que el Gobierno Vasco ha concedido el régimen de semilibertad a Garikoitz Aspiazu Rubina, “Txeroki”, tras ser condenado a 377 años de prisión, la entrevista a María San Gil profundiza en las causas y consecuencias de esta realidad política.
La salida del terrorista a la calle reabre el debate sobre si la banda continúa viva. Para María San Gil, este tipo de situaciones son “indignantes” y “dolorosas”, clasificándolas como un “atajo legal” donde matar en España resulta «muy barato». La ex presidenta del PP en el País Vasco cuestiona por qué se es generoso con terroristas que no colaboran ni se arrepienten, mientras que a ningún otro criminal como violadores o pederastas, se le permitiría reducir su pena. Por otro lado, sostiene que estas medidas son el “precio político” que se paga por el apoyo de Bildu para que el actual gobierno se mantenga en el poder.
«En España matar ha salido demasiado barato», sostiene María San Gil.
La imagen del exministro del Interior sosteniendo que “Bildu no existe… El único proyecto es ETA”, se ve reforzada por la visión de San Gil. La popular describe a ETA como una “hidra de muchas cabezas” que incluía partidos, sindicatos y medios. Dentro de los últimos se encuentra el periódico Egin, del cual Mertxe Aizpurua, actual portavoz de EH Bildu, fue su directora. No solo eso, sino que mientras ella ocupaba el cargo, su periódico publicó un polémico titular tras la liberación de Ortega Lara, quien estuvo 532 días secuestrado en un zulo. Este decía, “Ortega vuelve a la cárcel”, y es que el secuestrado era funcionario de prisiones. San Gil denuncia que personas como Mertxe Aizpurua den lecciones de democracia en el Congreso tras su pasado vinculado al entorno terrorista. Por ello, la expolítica admite con dureza que, por ahora, el proyecto político de ETA “gana por goleada”. Además, denuncia que líderes como Arnaldo Otegi sean considerados “hombres de paz”.

Al hilo de la reacción de Núñez Feijóo afirmando que “Bildu ordenó, el PSOE ejecutó y el PNV acató”. María San Gil va más allá y diagnostica a la sociedad vasca como “enferma” por no querer reconocer su pasado. Para la exmiembro del PP, la derrota de los comandos no es la derrota de ETA. Ella mantiene que mientras las víctimas vean a sus verdugos ser homenajeados o integrados en listas electorales, la democracia española seguirá sufriendo una “anomalía”.
La política actual: entre el relato y la confrontación
Frente a estas visiones que sostienen la continuidad del proyecto político de ETA en la actualidad, otras voces dentro del ámbito político ofrecen una interpretación distinta del momento presente. Es el caso de Julia Liberal, senadora del PSE-EE, cuya experiencia personal tanto en el ámbito político como empresarial en el País Vasco, aporta una perspectiva centrada en la evolución del conflicto y su uso en el debate político actual.
Para Liberal, uno de los principales problemas en la España actual es la ausencia de un relato compartido sobre lo ocurrido. A su juicio, lejos de haberse consolidado una memoria común tras el fin de la actividad armada en 2011, el terrorismo de ETA sigue siendo utilizado como herramienta de confrontación política. “Se está utilizando para dividir el país”, sostiene la socialista denunciando lo que considera una manipulación tanto de la historia como de la memoria colectiva.

Por otro lado, uno de los puntos más controvertidos en la política actual es la relación del Gobierno con Bildu. Frente a las acusaciones de blanqueamiento del terrorismo, Julia Liberal defiende que estos acuerdos deben entenderse dentro de la lógica democrática y argumenta que, una vez una formación política es legal y participa en las instituciones, sus resultados son legítimos y, por tanto, susceptibles de formar parte de pactos parlamentarios. Otra de las grandes polémicas es la excarcelación o beneficios penitenciarios a antiguos miembros de ETA. En este caso, Liberal insiste en separar el ámbito político del judicial. Según afirma, estas decisiones no dependen del Gobierno, sino de los jueces, que actúan conforme a la legislación vigente.
En el lado opuesto se encuentra la portavoz del Partido Popular en el Congreso de los Diputados, Ester Muñoz, que ha atendido a este medio. La congresista critica con dureza los pactos del Gobierno de Pedro Sánchez con Bildu. De hecho, va más allá y asegura que “no tiene ninguna línea roja, no tiene ningún límite, ni siquiera las que él mismo se dio. Todos habéis podido ver en entrevistas que le han hecho, jamás voy a pactar con Bildu, nunca es nunca, me da miedo Podemos. Es decir, él mismo ha ido cortando todas sus líneas y es una persona completamente amoral”.
La portavoz popular, además, critica con dureza la liberación de presos etarras. La señora Muñoz responde a las personas que dicen que los presos etarras están lejos de sus casas, rechaza esta postura y asegura que “más lejos de sus casas están todos aquellos a los que asesinaron”.
Dentro del análisis del fin de la banda, surge la figura de Jesús Eguiguren, clave en el proceso de paz. Su esposa Rafaela Romero, diputada del PSOE, en exclusiva para este medio, reivindica la “valentía” del Partido Socialista al sentar en la mesa de negociación a una persona que conocía profundamente la realidad vasca y que había sido perseguida por ETA durante 500 días para ser asesinado. Sostiene que el PSOE ha pecado de falta de prioridad, relegando la memoria de las víctimas de ETA en la agenda política frente a otros asuntos del país. Además critica que el Estado no haya sido capaz de unir al PSOE y al PP para dar las gracias públicamente a las víctimas y a quienes resistieron el terrorismo.

Explica que, aunque Bildu es legal y se puede pactar con ellos de forma puntual, el PSOE no puede alcanzar acuerdos “globales” mientras la formación abertzale no reconozca que “matar estaba mal antes”. Reprocha tanto al PP como a su propio entorno que no se haga un pacto de Estado sobre la memoria, permitiendo que el dolor de las víctimas se utilice en la “bronca” política en lugar de ser un pilar de la democracia. Para Romero, el mayor error político actual es no haber sabido transformar la victoria policial y social sobre ETA en un relato de gratitud colectiva, dejando a muchos supervivientes en una soledad que ella califica de “injusta”.
El testimonio de las víctimas: porque la historia no se puede borrar
ETA ha dejado a sus espaldas 853 asesinatos, 3.500 atentados y más de 7.000 víctimas. Está considerada la segunda banda terrorista europea con más víctimas mortales de la historia. Sin embargo, no podemos olvidar que detrás de todas estas cifras hay personas reales, cada una con su historia y su huella. Este medio ha tenido la oportunidad de hablar con algunas de ellas para que nunca se olvide lo que sucedió.

Es el caso de Cristina Cuesta, hija de Enrique Cuesta Jiménez, asesinado por ETA en 1982 en San Sebastián junto a su escolta, Antonio Gómez García. Cristina, directora de la Fundación Miguel Ángel Blanco, recuerda en una entrevista para este medio cómo el terrorismo ha condicionado cada aspecto de la vida. Tras el asesinato del jefe de su padre, la familia se enfrentó a una decisión crucial: quedarse bajo amenaza o marcharse. “El terrorismo es una perfecta máquina de extensión del miedo”, explica. Sin embargo, en una conversación en la cocina, su madre marcó el camino: “¿Por qué nos vamos a tener que ir nosotros? No hemos hecho nada. Somos inocentes”. Es por ello que su familia decidió quedarse en San Sebastián. “Me demostraron que ante las dificultades hay que asumir la responsabilidad”, afirma.
Pero el dolor, según ella no terminó ahí. Cuesta denuncia la frialdad social que rodeaba a las víctimas: “El terrorismo les hace culpables”. Ese señalamiento generaba distancia y silencio “la gente no se quiere acercar a ti”, recuerda. Por eso insiste en la memoria “todas las víctimas… son siempre inocentes”. Mantener viva esa verdad es esencial para no banalizar lo ocurrido.
Ramón Carlos Navia Refojo nació en Pontevedra y era Capitán de Artillería en el cuartel de Capitanía General en Madrid. Casado y padre de dos hijas, fue asesinado junto a sus compañeros en el año 1992 a consecuencia de una bomba que los terroristas habían puesto en el vehículo de la ruta militar. Tenía 46 años.
Este reportaje ha podido hablar con su hija, Elena Navia que explica que su padre iba a coger el metro esa mañana. “El destino es así y yo creo que a veces lo tenemos escrito” asegura. Ella misma expone los sentimientos que le surgieron una vez se produjo el atentado. “Cuando mi padre fue asesinado yo tenía unos 15 años y me volví bastante radical. Si hubiera podido acabar con el asesino de mi padre seguramente lo habría hecho. Afortunadamente tuve una madre que me ayudó con ese dolor ” aclara. Elena comprendió que había una manera distinta y comenzó a documentarse sobre el nacionalismo vasco. Su objetivo era averiguar la razón detrás de todo lo que llevó a la muerte de su padre.

También explica que todo el barrio estuvo arropándoles con más fuerza que nunca. Fueron acompañadas a manifestaciones y concentraciones silenciosas. Aluche se volcó ante la situación.
Confiesa que en su caso ni olvida ni perdona, pero que ha encontrado la paz y lleva una vida feliz porque “ estoy siguiendo las reglas del juego. Intento cuidar y ayudar a los demás y mantener vivo el recuerdo de mis padres” explica. Elena defiende la reinserción, pero siempre y cuando se cumplan las penas de la manera en la que se establecen en un inicio. De todas maneras, nunca ha podido pisar el País Vasco.
Gregorio Ordóñez nació en Caracas en el año 1958 aunque sus padres volvieron enseguida a España y en San Sebastián creció como un vasco más. Participó en la política de la mano del Partido Popular y anunció su deseo de convertirse en alcalde de su ciudad. Estaba casado y se acababa de convertir en padre. El 23 de enero de 1995 mientras comía con unos amigos, el terrorista Txapote le disparó. Tenía 36 años.
Hemos hablado con María San Gil. Sentada en la silla de al lado asegura que jamás olvidará ese momento. Y es que, trabajó muchos años con Ordóñez ya que era su jefa de gabinete. La exmiembro del PP explica que es muy diferente a los políticos que mendigan votos ya que Gregorio “es un hombre que cree en lo que hace y hace lo que cree. A él le daba igual caer mal. Iba a defender su propósito por encima de todo lo demás”.

Cuando se produjo el asesinato el trauma que María tenía era de grandes magnitudes y limitaba su vida cotidiana. Le era imposible cruzar hasta el quiosco de la esquina o ducharse con la cortina cerrada. Sin embargo, asegura que pese al miedo, eligió honrar siempre su memoria. “Si matan a Gregorio y la gente que estamos con él nos vamos a nuestra casa, no hemos aprendido nada. Lo mínimo que podíamos hacer era intentar seguir su ejemplo o estar ahí haciendo bulto” expone.
“Si matan a Gregorio y la gente que estamos con él nos vamos a nuestra casa, no hemos aprendido nada».
Poco después San Gil aparecería en las listas electorales del PP para mayo de 1995, en las que Ordóñez habría presentado su candidatura.
Sin embargo, considera que hay múltiples cosas que no se hicieron bien. Solo tenían escoltas por la mañana y a compartir entre concejales y por otro lado la actitud del pueblo vasco de la época. “La sociedad vasca, de la que formo parte, tiene un gran pecado. Hemos sido muy egoístas y nos hemos puesto mucho de perfil. Todo a consecuencia del miedo” argumenta María.
Desgraciadamente estos casos no son el único tipo de víctimas de ETA. También existían la extorsión y las amenazas para conseguir financiación. Es el caso del impuesto revolucionario.
Fernando Zabálburu, un médico vizcaíno, casado y con tres hijos. Tenía su propia consulta y le llegó una carta en la que se le obligaba a pagar una cantidad determinada de dinero si no quería sufrir las consecuencias. Él consiguió librarse, pero no fue el caso de todo el mundo. Hubo quien pagó. Otros fueron secuestrados. No todos lo han podido contar.

Fernando Zabálburu acompañado de su familia./Fuente: Elaboración propia.
Su hija Mónica cuenta lo que fue crecer en el País Vasco en aquella época y, sobre todo, estudiando periodismo. “Imaginabas lo que ibas a ver si se había encarcelado a algún etarra, si algún político había dado alguna declaración que no les beneficiaba. Siempre había caos en algún lado. Si no era un autobús ardiendo eran unos disturbios o una barricada. El problema era que muchas veces te los encontrabas, aunque lo evitaras”, explica al preguntarle por sus experiencias.
Una de ellas fue al ir con unas amigas en el coche. Se encontraron a la Kale Borroka y “nos tiraron piedras. Tuvimos que salir huyendo, dejando el coche allí y menos mal que encontramos refugio” recuerda.
Por no hablar de la sumisión que la población tenía hacia ETA. No existía apoyo hacia las víctimas. “Cuando asesinaban a una persona se quedaba sola” explica Ana Velasco, hija de Jesús Velasco Zuazola, comandante de caballería asesinado el 10 de enero de 1980. Su esposa, Ana María Vidal – Abarca ante esta situación decidió actuar y junto a Sonsoles Álvarez de Toledo e Isabel O’Shea fundó la Hermandad de Familiares de Víctimas del Terrorismo.
Su objetivo era intentar cubrir ese vacío que existía. Velasco expone cómo fueron esos inicios de lo que ahora es la Asociación de Víctimas del Terrorismo: “Fueron a ver al ministro del Interior para pedirle una lista de víctimas para poder contactar con ellas, agruparse y darse apoyo. No existía. Lo empezaron a hacer ellas dándoles presencia en la sociedad”.
Gracias a ellas llegaron verdaderos avances en la lucha contra el terrorismo. Ana destaca que aunque “tardaron muchos años en alcanzar los objetivos que se marcaron, consiguieron que se aprobase una ley de víctimas del terrorismo en el año 1999 a la que luego siguió otra en el año 2002”. Ella misma ahora también realiza una labor activista en relación al tema. Hablando de su madre concluye con que “ha sido fundamental y mi ejemplo. La he admirado y la admiro. Además justificadamente, por su valentía, integridad y coherencia”.
Por todo esto queda demostrado que en la actualidad ETA continúa siendo uno de los focos de debate político. La semilibertad de Txeroki reabre un escenario que nunca ha estado cerrado del todo. Una parte de la política se niega a que esto ocurra y otra dice que es decisión de los jueces. Aunque los que verdaderamente conocen la historia son aquellos que la han vivido: las víctimas.